Sobre mí
Soy Lorenzo Cavazzoni, chef ejecutivo con más de diez años de trayectoria internacional entre hoteles de cinco estrellas, restaurantes gastronómicos y proyectos independientes. Genovés de origen, estudié Economía en la Universidad de Génova, pero la cocina fue siempre la pasión que terminó imponiéndose: me formé en Italia, pasé por cocinas de referencia en Roma y me asenté en Barcelona, donde hoy lidero la cocina de Can Bo y del Grand Hotel Central.
En Can Bo Vins & Tapes, restaurante que ideé, abrí y dirijo, propongo una cocina española de producto, con guiños italianos y una bodega de más de cien referencias. La propuesta le ha valido el reconocimiento de la Guía Michelin y la Guía Repsol, además de la atención de la crítica gastronómica de la ciudad.
Antes que cocinero fui nadador: entrené a nivel profesional hasta los veinticuatro. De ahí viene casi todo lo que soy —la disciplina, el sacrificio, saber que las cosas que valen se trabajan duro, y los amigos que sigo teniendo de toda la vida—. Y fui músico: guitarrista en una banda grunge, una vena que no se ha apagado y que sigue siendo el hilo que acompaña lo que hago.
Pero para entender cómo cocino hay que saber cómo viajo. Llevo media vida moviéndome, siempre lejos de lo turístico. El viaje que me marcó empezó en octubre de 2018, cuando dejé Roma —casa, trabajo, ciudad— y compré un billete de ida a Bangkok. Pasé un año recorriendo Asia por tierra, solo con transporte local, sin comer ni un plato occidental en doce meses. Cuando en un mapa veía un lugar del que todos me decían "ahí no hay nada", allí iba, porque ese "nada" —lentitud, vida local, contacto genuino— era justo lo que buscaba. Se ha viajado de verdad solo cuando vuelve una persona distinta de la que se fue. Y yo volví distinto.
Porque la comida es el vehículo más directo para entender una cultura: no solo los sabores, sino cómo se comparte, a qué hora, cómo marca el ritmo de la vida. De Asia me traje cosas que hoy están en mis platos: el equilibrio entre dulce, salado, ácido, picante y umami en un mismo bocado. La obsesión por la frescura, aprendida en cocinas sin nevera. Las hierbas, los sabores intensos y sin concesiones. Y el respeto por las partes humildes, la casquería, lo que otros descartan, que para mí es pura verdad de cocina. Eso es lo que intento poner cada día en lo que cocino.
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